El director Juan José Campanella vuelve a juntar en su última película a la pareja de la recordada El mismo amor, la misma lluvia: Ricardo Darín (su actor fetiche) y Soledad Villamil. Sólo que lo hace esta vez en un film distinto, mucho más oscuro que aquellos a los que nos tenía acostumbrados. Darín, desde hace rato el mejor actor argentino en pantalla grande, encarna casi sin fisuras a Benjamín Espósito, un personaje más cercano al críptico protagonista de El aura, del desaparecido Fabián Bielinski.Espósito es un ex empleado judicial que a su retiro no encuentra la forma de lidiar con su tiempo libre y, encontrándose solo y atormentado por su pasado, decide ajustar cuentas con la escritura de una novela. Así se sumergirá nuevamente en un caso que nunca llegó a obtener justicia y se confrontará cara a cara con todos los que fueron parte de la historia. Su ex jefa Villamil, convertida en una señora jueza, su ex compañero asesinado Sandoval, compuesto por un Guillermo Francella estupendo, que sigue sorprendiendo y parece no tener techo, encargado de dotar a la cinta de esas cuotas del humor característico de Campanella (otrora a cargo del entrañable Eduardo Blanco) y una víctima no tan convincente interpretada por Pablo Rago.
Mientras logra ensamblar con solidez la actualidad con flash backs que retrotraen al caso original en 1974, el director va fijando la cámara en interesantes primeros planos (sobre todo en los ojos de sus actores) y repasando distintas circunstancias de un pasado nacional dramático y reciente. Está bien lograda la ambientación de la época (la escena en la cancha de Racing es imperdible), la recreación del espacio tribunalicio y el ida y vuelta entre Darín - Francella y Darín - Villamil, que nunca terminan de sincerarse del todo entre ellos. No tanto el avejentamiento de Rago en la parte de actualidad, lo que tampoco ayuda a afianzar su personaje.
Una película que seguro hay que ver, porque sobrevuela el olvido, la violencia, la muerte, la venganza, la añoranza y el amor. En pocas palabras: la vida misma. Y muy bien lo hace. Como yapa, el final, por lo inesperado, sorprenderá a más de uno. Una película para disfrutar, para reflexionar y para recordar.